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Director Espiritual

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Es para mi motivo de alegría poder compartir con todos vosotros esta reflexión que gira en torno al Dios revelado por Jesús mediante sus obras y palabras. De Dios no podemos decir nada porque nadie lo ha visto; si no podemos decir nada solo cabe una cosa: dejar que Dios hable. Dios habla mediante el único que le ha visto el rostro; Jesús, es el rostro humanado de Dios, es el único que lo ha podido ver porque procede de él procede. Este Dios que Jesús nos revela se define como amor. Es ésta la gran novedad que presenta Jesús; frente a la concepción de un Dios terrible, que castiga hasta la saciedad, nos presenta al Padre al que se le remueven las entrañan ante el dolor de sus criaturas, un Dios que ama hasta tal extremo que se hace débil, vulnerable e impotente en la cruz. Jesús cambia por completo la idea que se tenía sobre Dios: presenta un Dios que es puro amor, desterrando así cualquier idea de un ser amenazante o peligroso para el hombre. Es un Dios exclusivamente bueno que no ama a todos por igual sino que su amor es mayor para todos aquellos que más necesidad tienen de él: pobres, pisoteados por la sociedad, enfermos, huérfanos, viudas, leprosos. A pesar de que Jesús muestra un Dios en el que sobreabunda el amor y la vida aun existe en la conciencia de algunas personas y de grupos la idea de un Dios al que le define el ser castigador. Todavía podemos escuchar de algunas personas expresiones tales como: "no hagas esto pues Dios te castigará". Constituye esta reacción un desenfoque total de lo que Dios es, pues presenta a un dios terrible y vengativo que está al acecho de la caída del hombre para castigarlo y ¡qué mayor castigo que las penas del infierno! Es cierto que Dios está al acecho del hombre pero con el único fin de levantarlo de su caída del ismo modo que la madre levanta a su hijo pequeño en el momento que cae al suelo.

Presenta Jesús un Dios que busca comunicarse con el hombre, el Dios bueno crea al hombre por amor y anhela que el éste alcance la plenitud de su ser, es decir, que llegue a ser como quien que nos hizo a su imagen y semejanza. Para esta plenificación nos entrega Dios a Jesús como el "proyecto" en él todos debemos de mirarnos para llegar a ser como Dios. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que Dios es paciente, muestra infinita paciencia con el hombre al que ve caer una y otra vez, y al que levanta una y otra vez. Ciertamente el pecado, la miseria, y la indignidad acechan al hombre y llegan a formar parte de él como una especie de lepra pero desde aquí no se explica el ser profundo del hombre; en lo más profundo existe la huella de Dios, esto sí define al hombre, somos su pertenencia y nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios.

Jesús presenta un Dios que trata de potenciar al hombre pues sabe lo que es en lo más profundo de su corazón, Dios promociona al hombre, queda así desterrada la idea de un Dios celoso de su divinidad, que ve al hombre como un rival. Dios quiere potenciar al hombre pero siempre respetando su libertad, así Dios es respetuoso para con el hombre. Todavía hay intentos por colocar a Dios lejos, muy lejos del hombre, hay intentos y está en la conciencia de muchas personas un Dios que no quiere que le vayan al hombre las cosas demasiado bien. En los pueblos se dice: "poco dura la alegría en casa del pobre", parece que las desgracias las trae Dios. Es muy contraria esta concepción a aquella que piensa que la gloria de Dios es ver al hombre con vida abundante. Unas de los rasgos principales del Dios de Jesús es que no deja de ser el Dios del perdón, Jesús quiere que el hombre reproduzca en su vida lo que hace Dios: perdona porque ama. Es un Dios que se manifiesta totalmente contrario a la venganza y así lo presenta Jesús. Este es un tema que levanta ampollas entre los hombres y entre los cristianos porque ¡qué difícil es perdonar de veras! ¡qué pocos saben hacerlo de veras! Dios es misericordioso, busca, exige misericordia porque le puede su misericordia, así le ocurrió con los ninivitas en el libro de Jonás y así le ocurre con el hombre de hoy en día.

Los profetas del Antiguo Testamento ya dieron su parecer sobre este tema, Jesús lo pone aun más claro: "Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu yen verdad. El Padre quiere ser adorado así"(Jn 4,23). El mandamiento del amor al prójimo está por encima de todo culto, pues en el fondo la insistencia en un culto fuera de lugar no trata de alabar y adorar a Dios sino más bien es reflejo de entender a Dios como un tapagujeros y solucionador de problemas. No deja de ser creencia infantil que choca de bruces con la madurez que presenta el servir a Dios por amor y no por temor.

Jesús presenta a un Dios débil, ¡Qué paradoja! Frente al Dios todopoderoso que se manifiesta entre tormentas y rayos con voz poderosa y aterradora, el Dios de Jesús se hace debilidad humana en Jesús, tanto que se hace vulnerable: "Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza y, al punto, brotó de su costado sangre y agua"(Jn 19,34), un Dios impotente: "¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos!"(Mc 15,32) y también un Dios que siente la soledad: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?(Mc 15,34). Se hace muy cuesta arriba creer en la debilidad de Dios en la cruz, un Dios que sufre con el hombre, es más fácil creer en un Dios poderoso y omnisciente al que no se le ve atisbo de debilidad.

Por último diremos que presenta Jesús a un Dios tierno al que se le remueven las entrañas ante el mal de sus hijos. Estamos ante un Dios liberador de toda opresión, también es un Dios anti-mal, Dios no permite el mal, lo combate, pero con el único poder del amor, no desde fuera por medio de intervenciones categóricas, sino desde dentro, asumiéndolo como suyo y ca-sufriendo con el hombre, y así el dolor de la historia del hombre se convierte en el dolor de Dios, muere así como dios-solución, pero renace como Dios compañero. Se invierte la religiosidad humana hasta tal punto que no es Dios el que tiene que evitar que el hombre sufra y muera sino que es el hombre el llamado a evitar el dolor y la muerte de Dios en la historia. Pero como hemos dicho en anteriores rasgos ¡qué difícil es que los cristianos aceptemos esto del todo! Siempre queda la imagen de un dios que es más parecido al dios que presenta Aristóteles, un dios impasible, que nada puede desear pues todo lo tiene, un dios que nada desea pues es perfecto, un dios que se jacta en su inmensidad yen su omnipotencia. El cristiano sabe que Dios es todopoderoso pero en su amor, así Jesús del Soberano Poder muestra, atado de manos, todo el amor de Dios para con el hombre.

Que María Santísima de la Humillación nos ayude a vivir una Santa Cuaresma y unos Santo Oficios de Semana Santa.


Don Gabriel Sánchez García
Director Espiritual

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